Platón menciona en La Política, los tres tipos de protagonistas de la “cosa pública”. Por un lado los que tienen alma concupiscible, es decir los campesinos, aquellos cuya tarea es el trabajo manual. Además están los ciudadanos de alma irascible, para ellos la misión es la de defender la ciudad y a sus ciudadanos, es decir los guerreros. Finalmente encontramos a unos pocos que son los gobernantes y se caracterizan por tener un alma racional y cuya virtud principal es la fortaleza. A ellos nos referiremos en este ensayo.
En los últimos días, los ciudadanos hemos asistido como espectadores a debates públicos, aparentemente democráticos en su forma, pero vacíos de contenido. Cuando la confrontación es la protagonista, se evidencia la falta de propuestas, la carencia de nuevas formas de buscar y aportar soluciones a los problemas que atentan contra Bien Común. Es el caso de la protección a las familias, del Derecho a la Vida, a la salud, a la educación, de garantizar el pleno empleo. Cuando las cuestiones económicas son lo principal en la agenda de temas de un político, la visión del hombre que se transmite es sesgada, reducida a un aspecto que es importante pero no fundamental. Es por eso que eludiendo tomar posturas frente a los temas vitales mencionados, la desinformación amenaza la posibilidad de decidir democráticamente la elección del futuro gobernante.
Pero la falacia más grande de los políticos actuales es la de olvidar lo mencionado por Platón, y en lugar de resistir en cuestiones vitales con la fortaleza que debería caracterizarlos, se dejan llevar por presiones de grupos minoritarios con quienes compartan o no sus principios, no pueden enfrentarse a ellos por temor a perder sus votos pero sobre todo el posible deterioro de su imagen pública. Y si los políticos que nos representan consienten en el atropello en temas de conciencia, de decisión libre y personal de los ciudadanos, ¿qué tipo de democracia están garantizando? Es el caso en temas de Educación donde la Política concesiva con grupos minoritarios no puede inmiscuirse en las enseñanzas de las escuelas, quitándole a los padres la libertad de educar a sus hijos del modo en el que ellos lo creen conveniente.



